11 jul. 2009

RAFAEL C. ESTREMERA, GARCÍA SERRANO Y LOS SANFERMINES


Con fecha de 7 de Julio, el camarada Rafael C. Estremera, publicó en su Blog "Mi libre opinión", una entrada titulada "sobre los sanfermines", la cual me ha recordado la columna "Dietario personal" de Rafael García Serrano publicada en "El alcázar" el 17 de Diciembre de 1985.


Arte particular de ver y no ver la exposición de Arturo Gracia.


Hace unos años, un par, tres acaso, puede que mas, recibí la carta de un paisano desconocido para mí, pintor por mas señas, el cual, además de colega en periodismo era amigo de muy buenos amigos míos, o sea ya amigo mío. Yo siempre he aplicado la regla de que con los amigos hay que compartir todo lo que es legítimo. No llego a los extremos de uno de ellos, que viene a decir que a los amigos hay que dárselo todo y a los enemigos que les den, porque a ninguno de mis amigos les gusta ese extremo y creo que a mis enemigos les daría mucho gusto, y lo que hay que hacer es proporcionarles unos disgustos de padre y muy señor mío.

Bueno, el caso es que este amigo de mis amigos, y pamplonés como yo, me invitaba con su carta autógrafa, la obligada cartulina y el catálogo irrenunciable, a una exposición de sus lienzos en Madrid. Estaba por entonces, cómo no, pachucho, hasta el punto de no poder salir a la calle. Y me perdí su exposición, que además tenía buena parte de su obra dedicada, si mal no recuerdo, a Navarra, lo mismo que la de hogaño, "Paisajes queridos". Creo que ni me excusé personalmente pero sí encargué a un amigo común que le expresara mi felicitación -la muestra había ido muy bien-, e motivo de mi inasistencia y hasta le pedí que me facilitara la dirección del pintor para escribirle, cosa que en mí tiene un gran mérito porque por hartura de oficio no practico el género epistolar.

El pintor se llama Arturo gracia, es de Pamplona y por si fuera poco, de mi barrio: la vieja Navarrería. El nació en la calle Estafeta, y yo en la de Mercaderes, que se dan el pico en una esquina, justo la que doblan corredores y toros en el encierro. La calle de la Estafeta es famosa en el mundo entero, se canta en coplas que al menos muchos españoles conocen bien - y el que no corra los toros- por la calle Estafeta - que se vaya a hacer puñetas - por ser un mal pamplonés-, y para mí huele a virutas de carpintería y a coronillas de casa Salcedo. El aroma de las coronillas todavía me inunda, a pesar de que nunca en la vida he podido con ellas. No he probado una coronilla, ni de casa Salcedo, jamas, ni de casa Garicano ni de casa Pomares ni de casa Maxi ni de ninguna de las pastelerías de Pamplona que yo recuerde y que ya no sé si existen o no. Por otra parte, ¿existe Pamplona? Si se tiene en cuenta que dudo muy sinceramente de la existencia de España es lógico que lo mismo me pase con Pamplona. Acaso la soñé. De todos modos creo en ella por fe, igual que creo en España, que es algo que no sé si vimos, pero al menos imaginamos. Pero me voy del tema como si de las coronillas me hubiera mareado. ¿No quedaba casa Salcedo muy cerca de una librería religiosa, con estampas, devocionarios, misales, rosarios, novenarios y otros objetos semejantes?. Nunca entré en ella, pero muchas veces me quedaba en el escaparate por si veía algún buen santoral o alguna edición a mi alcance de alguna modesta leyenda áurea. Es un gusto que aún no he satisfecho. ¿Existe casa Salcedo?. No he vuelto a ver coronillas ni en las cabezas de los curas, aunque también es cierto que en la actualidad se ven muchos curas sin cabeza. Lo único cierto es que casi todo el mundo anda de coronilla o está hasta la coronilla de cuanto acaece, pero nadie hace nada.. Seguramente el nivel de hartura tradicional no se mide por la coronilla, sino bastante mas al sur. Lo que pasa es que la pertinaz sequía ha agostado los frutos que en tal territorio solían producirse.

Javier Ciga, un excelente pintor navarro, también era de la navarrería. De él tengo un admirable retrato de mi padre, pintado supongo que por los dieces en Elizondo, y un San Antonio -horrible, con perdón-, que le encargó mi tía en Pamplona.

La calle de la Estafeta se llama así porque en ella estaba el correo a partir del siglo XVIII. Es una calle aventurera, comunicativa y viajera. Su gran aventura es el encierro, su vocación dialogante y noticiera está clara desde los tiempos de la Ilustración y me parece que en ella hubo cocheras y cuadras de caballos, la cual la hace por sí activa e itinerante. De la Estafeta al mundo y del mundo a la Estafeta, sobre todo después de Ernesto Hemingway. Creo que en la actualidad, si es que existe, ya digo, es una arteria gastronómica de primer orden. La útima vez que estuve o imaginé estar en Pamplona comí admirablemente en un figón de la Estafeta. Hace ya tantos años que ni me acuerdo. También bebí vino y le dí al chorizo en un centro cultural que había abierto don Félix Huarte en la misma calle Estafeta con productos del Señorío de Sarriá. De todo ello me siento bastante seguro. En cambio, por mas vueltas que dí, no encontré la Plaza del Castillo. Había desaparecido. Supongo que me lo decía por no desilusionarme. La Plaza del Castillo, si Pamplona existe o ha existido alguna vez , era de otro modo. Mi Plaza del Castillo, por no ofender a mi guía, en la mas optimista de las interpretaciones, ya no era mi Plaza del Castillo, sino una plaza cualquiera.

Ahora me paseo por Pamplona leyéndome el catálogo de la exposición que mi amigo Arturo gracia presenta en la Sala de la Caja de Ahorros de Navarra, en Madrid. Otra vez mis alifates me han vetado ir a ver esta muestra de arte, por la que siento curiosidad, tanto intelectual como cordial. Mis informes me aseguran que el pintor es interesante y bueno. Visito la Chapitela nevada -qué hermosa y adolescente calle, creo que transitada por mí diariamente, a pie o en bici, durante largos y felices años- , la catedral también bajo la nieve y lo mismo la plaza de la Cruz, que ya pertenece al ensanche nuevo.

¡Ay, torres de San Lorenzo, jardines de la Taconera, invierno en la Media Luna a cuya transformación asistí, riberas del Arga, ancho río humano del paseo de Valencia, rincones del Redín - corriendo entre los "jás" que nos querían hacer culo, porque en los pamploneses sean "jás" o viejos bachilleres siempre hay algo de guerrilleros - , sombra de San Cristobal, viejas y desaparecidas huertas de la Rochapea! ¡Ay mi Olite de mi alma y mi Roncesvalles, mi Tudela, mi Mañeru, mi sierra de Urbasa! Todo este mundo me lo pierdo en los pinceles de Arturo Gracia, pero me lo imagino, como a ratos imagino que Pamplona aún existe y que existe España, porque estoy en condiciones de saber cómo pinta de bien uno de la calle Estafeta, de mi navarrería, joven por fortuna, y estoy seguro de que con los pinceles lo hace de rechupete mi amigo y paisano, Arturo Gracia, ante quien me excuso por no visitar su exposición. Ojalá a la tercera pueda hacerlo, saludarle y revalidar nuestra ya vieja amistad.

Entretanto San Gibarse está en Caparroso, debajo del puente.


Con admiración y simpatía a Rafael C. Estremera.

4 comentarios:

RCEC dijo...

Infinitas gracias por la dedicatoria, y por la generosidad que supone unir mi nombre al del maestro Rafael.

Y gracias también por este "Dietario", que no tenía. Aprovecho para pedirte ayuda -y a cuantos puedan leer- para tratar de completar en lo posible la colección de Dietarios de RGS.

27 puntos dijo...

Es una pena que en esta España que padecemos los genios como Rafael García Serrano sean olvidados, ocultados y malditos, por la sencilla razón de que hasta su muerte fueron leales a unas ideas por las que merece la pena vivir,y, si se diera el caso, morir.

Un saludo.
http://27puntos.blogspot.com/

Antonio Rivera dijo...

Buen articulo, me ha encantado tu blog! Un saludo!!

SPEER dijo...

Muy honrado de recibir vuestra visita y mas aún de que dejeis vuestro comentario.
Muchas gracias.